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Presentación de Sitiales salvajes del mundo de Rubén Montaña


Presentación de Sitiales salvajes del mundo de Rubén Montaña

             Por Federico Zurita Hecht


No estoy seguro de si lo primero que deba decirles hoy es que, tras leer Sitiales salvajes del mundo de Rubén Montaña, tengo miedo. En cualquier caso, aunque no deba, por el bien de esta fiesta de la literatura, ya lo acabo de decir. Y pudo agregar, con el riesgo de arruinarles aun más el ánimo en esta celebración, que eso es culpa del mismísimo Rubén Montaña.
Voy a tratar de explicar esto del miedo y luego posiblemente salga huyendo. Aclaro primero que el libro Sitiales salvajes del mundo me llevó a viajar por zonas imposibles por lo exuberante de los acontecimientos que ahí suceden. Cualquiera de ustedes podría pensar entonces que tras reconocer esas zonas como imposibles no habría razón para que yo tuviera miedo. Pero lo tengo. Y vuelvo a repetir que es culpa de Rubén Montaña. Ya explicaré por qué me empeño tanto en culparlo y quizás entendamos que, en este caso, “culpable de” significa “responsable de”. Sucede que esas zonas imposibles (el camino a Retrocal, una casa en Dumbar a fines del Medioevo, una montaña en Alemania, un pueblo sin campana, otro pueblo cercano al río Aniene al comienzo del Medioevo con dislocaciones del tiempo y otro pueblo más al sur de Chile), esas zonas imposibles, formuladas por un sigiloso mecanismo textual, pueden presentársele al lector como zonas familiares, reconocibles porque las hemos habitado y hemos sido expulsados de ellas (o encerrados en algunos de sus rincones, lo que constituye, creo yo, una forma de expulsión). Entonces, mientras leía (aunque advierto que dije que tengo miedo), no pude parar de sonreír.
Se trataba de una risa nerviosa, asustadiza más bien. Reía para contener el miedo que Sitiales salvajes del mundo me regalaba. Vamos al texto. El narrador de “Los asesinos indulgentes” dice: “me encontraba con las extremidades amarradas al colchón tirado en la cocina. Siento un gran dolor en la cabeza, registro de golpes que fueron capaces de enmudecerme para que no me diera cuenta de lo que pasaba” (20). Más adelante agrega: “a mí me tocó en la noche de San Juan, aquella noche en que los cuerpos vivos o no, vuelan a través de las ventanas […]. La única forma que el cuerpo perdurara para ser reutilizado en los actos sangrientos, es embalsamándolo como maniquí luego de muerto” (21). Entonces deseé lo mismo que el narrador antes de que todo esto sucediera: “[d]eseaba con ímpetu largarme de este lugar, sacar las cosas de la habitación y, por último, pasar el resto de la noche en la playa” (17). Con lo que dije antes sobre esta reciente cita, es posible comprender que el miedo del lector es semejante al de los personajes. Luego explicaré que esto tiene una gran importancia en la estrategia del libro de Montaña. Prosigo con las imágenes por ahora. En “La temerosa altura” se lee: “El abuelo estaba vivo, recostado en una silla, más flaco y viejo que la muerte, con las manos apretadas y la boca reseca de tanto miedo masticado sin poder tragarlo. No murmuró ninguna palabra, sus ojos tenían el brillo de la calma conservada en el encierro, y estaban tan abiertos como si alguien le hubiera cosido los párpados hasta la frente” (32). En “Una campaña mortuoria” se lee: “Para ellos, la medicina y los médicos fueron el rostro de un muerto traído a espantar y socavar” (64). Esta es sólo una pequeña muestra.
Pero una risa asustadiza no es realmente aterradora si no reparamos en que la causa del miedo del lector sabe esconderse de las vestiduras de lo que entendemos como bien y mal y disfrazarse finalmente de uno u otro sólo para engañarnos, o de ninguno, a la hora de presentarse como violencia. Y sucede que cuando no es posible advertir la lógica de la circulación de la violencia a partir de las relaciones de bien y mal, el miedo es lo único que queda. ¿Es el que violenta o el que es violentado el que está asustado? Tal vez ambos. Y quizás eso origine más violencia. Aquel asunto que relaciona al miedo y la violencia, sin saber cuál es el que origina al otro, está presente en Sitiales salvajes del mundo como múltiples paradas a las que es imposible hacerles un rodeo. Por tanto, los personajes que crea Rubén Montaña están entre golpear o ser golpeados, entre atacar o defenderse, entre huir o quedarse encerrados, entre aterrorizar o ser aterrorizados. Ciertamente, algunos huyen y viven como expulsados. Otros son encerrados y también viven circunstancias similares. Veamos. En “Los asesinos indulgentes” leemos “Algo raro, cierta intriga en el aire me llevó a dudar, tomando en mí un aspecto de extranjero; uno que en verdad no entendía nada de esto” (13). En “La temerosa altura” leemos “Un día desapareció el tío abuelo Erwan Griffin de la ciudad de Dumbar” (23). En “Las hebras y los herederos” leemos “Soy una especie de habitante timorato ahora, cuando estando en la ciudad de mi primera sangre, parecía un extranjero pisando las tierras de tantos otros dueños a lo largo de la historia” (36).
Retomo, entonces, el asunto del que hablaba hace un momento sobre mi sensación como lector semejante a la del narrador de “Los asesinos indulgentes”. Repito la cita: “[d]eseaba con ímpetu largarme de este lugar, sacar las cosas de la habitación y, por último, pasar el resto de la noche en la playa” (17). En este vínculo que establezco entre lector y personajes opera el mecanismo por el cual el lector es arrastrado a ese mundo que inicialmente se presentaba como propio de zonas imposibles por su exuberancia. Las zonas imposibles, entonces, se vuelven zonas familiares, y esa exuberancia impensada se convierte en exceso cotidiano. Queda explicado, entonces, por qué estas páginas me hicieron sentir miedo.
Nada de esto me lo estoy imaginando. Yo no estoy inventando. Todo lo que estoy sugiriendo está tomado del texto de Rubén Montaña, de su configuración estratégica, pienso yo. Por esta razón, al comienzo, me empeñé en culpar a Montaña por mi miedo. Pero se necesita explicar algo más para que este asunto quede claro. Sucede que pienso que Rubén Montaña, más que un autor, es una actitud textual. Rubén Montaña es una necesidad paratextual que imponen los seis cuentos de Sitiales salvajes del mundo. Es un mecanismo que produce significado. Pero también es otra cosa. Ahora lo explico. Para hacerlo, tengo la necesidad de incorporar otro concepto y demarcar la participación de otro que acabo de usar. Efectivamente antes dije que Sitiales salvajes del mundo se constituía como un mecanismo y tal afirmación nos sirve para reconocer la estrategia de estos seis cuentos en su individualidad y su interrelación. Pero también puedo decir de él que es orgánico. Mejor explicado: Rubén Montaña es un texto y este texto es orgánico, como un tal Rubén Montaña que podría estar sentado aquí a mi lado o como un universo social del que participa Rubén Montaña, su libro y todo aquel que sienta miedo cuando lo lea. Quiero decir que Sitiales salvajes del mundo se corporiza aquí junto a mí, se hace real, y explica su condición de existencia seguramente huyendo a la exuberancia o siendo atrapado (encerrado, como en un exilio interior) por la verdad que hay en esa exuberancia que finalmente se ha vuelto familiar.
No es casual entonces que Rubén se apellide Montaña, que es donde este elemento orgánico huye o es encerrado, y desde donde finalmente puede mirar la exuberancia, los excesos de la violencia que ocurre allá abajo. Acá, diríamos nosotros los lectores. A la montaña, entonces, Rubén Montaña huye (a retratar la violencia) y simultáneamente ataca (al lector) con el arma del miedo. Desde la altura tiene una perspectiva privilegiada, y en los índices de ocurrencia de la violencia en la bastedad de lo visible, se justifica la condición de realidad de lo excesivo. Sitiales salvajes del mundo nos invita a mirar nuestro mundo y sentir miedo por eso.


*La presentación se realizó el día jueves 9 de mayo de 2013 en la casa central de la Universidad Alberto Hurtado. 

Posteado por Arturo LedeZma Martìnez el 13:02. etiquetado en: , , , . puedes segui el rss RSS 2.0. déjanos tu comentario

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